Lo que pagamos por lo que comemos II

El pasado 13 de octubre leía en el periódico El País de la mano del experto en política agraria Vidal Maté, que al fin los precios de la leche de vaca en origen estaban experimentando un sensible incremento como consecuencia de los acuerdos alcanzados en días previos en el Ministerio de Agricultura entre ganaderos, la industria y la distribución por el que, estos dos últimos se comprometían a dar un empuje a los precios de manera que el ganadero no se viera obligado a vender la leche por debajo de los costes de producción. Según el Autor por aquellas fechas, el precio mínimo que se estaba pagando al ganadero se había conseguido subir a la “friolera” de 0,28€/L cuando tan sólo unas semanas antes en algunas zonas de Galicia el precio de compra en origen había registrado mínimos de 0.259 €/L (NOTA: “Friolera” aquí se escribe entrecomillado por  lo insignificante de la cifra).descuentos_alimentos

A penas un mes más tarde, en el mismo medio Vidal Mate anunciaba, que si bien la Administración había cumplido su parte del acuerdo desembolsando la cantidades compensatorias acordadas a aquellos ganaderos que habían vendido la leche de vaca a precios extremadamente bajos, por contra los precios percibidos por los ganaderos a penas se había movido 1 céntimo de Euro con respecto al verano, contrariamente a lo que la Distribución, según citaba el periódico, se había comprometido en el pacto del mes de septiembre.

Al parecer, los acuerdos alcanzados en el citado pacto entre ganaderos, Ministerio, industria y la Distribución para calmar los ánimos de los ganaderos (todos recordaremos las vistosas protestas del verano que incluían el derramamiento de toneladas de leche al suelo), comprometía a Industrias y Distribución a comprar a precios justos para garantizar la viabilidad del sector ganadero. El objetivo concreto era llegar a un precio de compra de la leche en origen no inferior a 0,34 €/L que es el precio a partir del cual se cubren los costes medios de producción. Estos compromisos implicaban por tanto también, que los precios medios al consumidor no fueran en ningún caso inferiores a los 0,60€/L que se corresponde con esos 0,34€/L de compra en origen para cubrir costes.

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Ante la escasa magnitud de las cifras que establecen el punto de equilibrio (60 céntimos/litro) y la importante magnitud del impacto social en familias y ciudadanos que trabajan en el sector de la producción lechera, solo me cabe formular una pregunta en voz alta: ¿estamos todos locos?, ¿tan descabellado es conseguir un precio de venta no inferior a 0,60€/L para garantizar la viabilidad todo un sector y de sus gentes?.

Ya en mi otro artículo Lo que pagamos por lo que comemos del mes de junio analizaba la evolución de costes al alza en energía, materia prima y laboral que están sufriendo determinadas industrias agroalimentarias y las dificultades que encuentran para poder trasladarlo, aunque sea parcialmente, en el precio de venta. Entonces poníamos de ejemplo los aumentos de costes de producción soportados durante una década por los procesadores de fruta para obtención de zumo sin apenas repercutirlo en el precio, y en definitiva las consecuencias eran muy similares a lo que hemos estado viendo en 2015 con los productores de leche del norte de España. En aquella ocasión formulaba la siguiente pregunta “con los bajísimos precios a los que encontramos en el supermercado determinados productos ¿puede toda la cadena de producción de ese alimento soportar dignamente los costes de producción?”. La respuesta es: No, muy especialmente los primeros agentes de la cadena (productor primario o primeras transformaciones), y esta respuesta me sugiere otra pregunta: “Si con los precios de venta los productores no soportan los costes ¿qué consecuencias tiene esto?”, y aquí tienen lugar 3 posibilidades: 1.- Cierre del negocio, 2.- Adulteración y fraude en algún punto de la cadena de transformación para abaratar costes. 3.- En algún caso particular puede ocurrir que se cree un sector subvencionado de por vida. Por tanto, cabría formular una tercera pregunta “¿Quién tiene más que perder en esta situación?” pues sin duda, el Consumidor, porque va a encontrarse con una de las siguientes situaciones:

  • Al final el contribuyente va a ser quien soporte las subvenciones compensatorias porque un alimento no se comercialice al precio que es justo. Sin ir más lejos el caso de la crisis de los lecheros se saldó con compensaciones a los ganaderos que ascendieron a 45.5 millones de euros en ayudas públicas.
  • Como ya hemos dicho un precio de venta excesivamente barato que impida cubrir costes a todos los agentes implicados, puede empujar a alguno de ellos a realizar adulteraciones y fraudes en el producto buscando una reducción de costes “a la desesperada”.
  • Traslado de la producción de alimentos a lejanos países con bajos costes de producción. Aquí la cuestión es que, en ocasiones el cambio del país de producción puede ir asociado a cambios en proceso que redunden en una calidad a la baja, como es el caso de los zumos de naranja concentrados que vienen de Brasil frente a los zumos 100% exprimidos que se producen en España. El problema añadido que traería esto es que en gran cantidad de alimentos procesados (como es el caso del zumo y la leche) la legislación no establece la obligación de declarar el origen geográfico del producto, con lo cual el consumidor finalmente no sabe dónde se ha cultivado, criado o incluso transformado la materia prima del producto que está consumiendo.

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Soy consciente que ante esta situación alguien puede hacer un análisis fácil y simplón para concluir que la culpa de todo la tienen los improductivos sectores subvencionados. Os aseguro que no seré yo quien defienda una industria alimentaria subvencionada de forma permanente, pero la situación ante la que nos encontramos en muchos casos es que el bajo precio de venta al que se exponen determinados productos básicos en el supermercado con el fin de atraer y captar compradores, son irreales e irrespetuosos con la cadena de producción que le precede. La opción de buscar un lejano país de ultramar que baje los costes  para trasladar allí la fabricación de nuestros alimentos tampoco es la solución a medio plazo; la guerra de precios entre quienes venden el producto va a seguir empujando los precios a la baja. Por tanto, mi conclusión ante esta situación es la misma que he venido expresando en otros posts anteriores; vale la pena que cuando estemos en el supermercado haciendo la compra reflexionemos brevemente si compramos el producto barato o el superbarato.

Roger.

10 comentarios en “Lo que pagamos por lo que comemos II

  1. Hola Roger, muy interesante! y me parece que das en el clavo en un aspecto muy importante: la política de la Distribución de tener determinados productos reclamo a precio “tirado” para de esta manera atraer a los consumidores, hace mucho daño a quienes producen el alimento en origen. Sigue así. Un abrazo

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  2. Muy buen articulo! Referenciandome a un viejo dicho, ‘nadie vende duros a 4 pesetas’, quiero hacer mi reflexión sobre este artículo. El consumidor demanda productos de muy elevada calidad al menor precio posible; para ello se requiere que las empresas intermedias compren más barato para no ver modificadas sus ganancias, repercutiendo de lleno en la empresa productora la cual se ve obligada a subsistir sin mermar la calidad, sin embargo, esta situacion no se puede mantener continuadamente obligandole a reducir costes (personal, calidad etc). Por tanto, lanzo mi pregunta para reflexionar… ¿que hay detras de un producto demasiado barato? Yo lo tengo claro. Saludos Roger

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    • Hola Ivan, muchas gracias por la aportación. La única solución es que la distribución, y/o la industria que envasa el producto para la distribución tengan políticas de compras justas y racionales con respecto a lo que cuesta producir las materias primas. Si un año una materia prima (llámese aceitunas, naranjas o leche de vaca) experimenta una subida de precio por factores ambientales (climatología, plagas, precio del pienso, etc) esa subida de precio debe ser entendida por toda la cadena de valor y repercutirse en el precio final en el punto de venta. Actualmente en muchas ocasiones esto no ocurre, el distribuidor sencillamente quiere tener un precio de venta de producto más barato que el de sus competidores y no quiere ni oír de subidas de precio independientemente de las circunstancias que hayan ocurrido ese año con la materia prima, esto pasa demasiadas veces. Por tanto, no es cuestión ni de pactos de precios, ni de subvencionar sectores, sencillamente es que se tiene que comprar una materia prima a un precio justo. En esto además los consumidores tenemos un papel decisivo, tenemos la capacidad de mirar, comparar y elegir que compramos tratando de ser responsables. Muchas gracias y un saludo.

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  3. Enhorabuena por el post! Es un tema en el que intervienen muchos factores; los productores deben asociarse y plantar cara a los distribuidores. Por otra parte, creo que la intervención de la administración no debe ser exclusivamente subencionar o regular precios , sino fomentar el consumo de productos locales de calidad y legislar de manera restrictiva frente a las importaciones (origen del producto, calidad de mismo…)

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    • Gracias Belén por tu comentario. A mi me da la impresión que los productores poca fuerza van a tener para actuar sobre el que vende el producto (ojalá la tuvieran). Pero tal y como apuntas en tu mensaje parte de la solución de todo esto podría estar en que se legislara para que hubiera más claridad sobre el origen de los alimentos en aquellos productos que compramos procesados, otro aspecto interesante sería incluir el concepto de “consumo responsable” a la hora de elegir los productos de nuestra cesta de la compra. Un abrazo, Roger

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